Por Deyanira Perales R.
La apertura de los partidos políticos a candidaturas ciudadanas no es una concesión ni una moda: es una respuesta directa a la crisis de representatividad que atraviesa el sistema de partidos en México.
Hoy, la política se redefine bajo una lógica distinta. Salvo Movimiento Regeneración Nacional, que ha logrado sostener su base a partir de estructuras sociales vinculadas a los programas del Bienestar, el resto de las fuerzas políticas enfrenta un debilitamiento sostenido de su militancia. El Partido Acción Nacional, incluso, muestra señales de vulnerabilidad en diversas regiones, mientras que el Partido Revolucionario Institucional arrastra un desgaste acumulado que ha mermado su legitimidad y capacidad de convocatoria.
En este contexto, abrirse a perfiles ciudadanos deja de ser una estrategia opcional y se convierte, sin matices, en una condición de supervivencia política.
No obstante, esta lógica no es completamente nueva. El propio Partido Acción Nacional ha demostrado, a lo largo de su historia, que la incorporación de perfiles externos puede ser un factor decisivo para su competitividad. Figuras como Manuel Clouthier, Vicente Fox Quezada o Francisco Barrio Terrazas, Juan Blanco en lo local son ejemplo de cómo la apertura permitió conectar con amplios sectores ciudadanos y construir alternativas reales de poder.
Sin embargo, cada intento de apertura enfrenta resistencias internas. La llamada “rebelión de las bases” suele interpretarse como una defensa de la militancia, pero en el fondo también refleja la reacción de estructuras que durante años han concentrado decisiones y espacios de poder. En partidos como el Partido Revolucionario Institucional, el Partido Acción Nacional o el Partido de la Revolución Democrática, estas dinámicas han terminado por cerrar el paso a nuevos liderazgos, generando desencanto, simulación interna y alejamiento ciudadano.
Dentro de esa misma lógica, quienes buscan sostener la meritocracia partidista como criterio absoluto cometen un error de fondo. La política de hoy ya no premia únicamente la antigüedad ni la lealtad interna; premia resultados, trayectoria limpia y credibilidad frente a la ciudadanía. Insistir en esquemas tradicionales, desconectados de la realidad social, no fortalece a los partidos: los debilita.
El riesgo de no adaptarse es alto. Aferrarse al voto duro o a la lógica tradicional de la militancia no fortalece: desgasta. El antecedente del Partido Revolucionario Institucional es ilustrativo: perder conexión con la sociedad tiene un costo político profundo y, en muchos casos, irreversible.
De hecho, el propio PRI enfrenta hoy un escenario límite, donde el desgaste de sus dirigencias ha empujado a sus últimos liderazgos sociales a construir alianzas de facto o, en el peor de los casos, a migrar hacia proyectos con mayor viabilidad electoral. Sin una estrategia de apertura real, su margen de recuperación se reduce cada vez más.
Por su parte, el Partido Acción Nacional enfrenta una disyuntiva similar: evolucionar o quedar atrapado en una inercia que, de no corregirse, podría traducirse en una pérdida progresiva de competitividad y relevancia política.
En contraste, Movimiento Regeneración Nacional ha capitalizado la incorporación de perfiles ciudadanos con arraigo territorial y reconocimiento público, consolidando una base política más amplia y diversa.
La transformación es tan profunda que hoy vemos perfiles ciudadanos que en su momento alcanzaron posiciones relevantes bajo una determinada marca partidista, y que ahora, frente a la apertura de nuevas opciones, buscan competir nuevamente desde espacios distintos. Este fenómeno confirma que la lealtad partidista ha dejado de ser el eje central de la política electoral; lo que prevalece es la viabilidad, la competitividad y la conexión con la sociedad.
Pero más allá de las estrategias partidistas, hay un factor decisivo: la ciudadanía. Hoy, el electorado es más crítico, más informado y menos dispuesto a votar en automático. Las y los votantes privilegian perfiles, trayectorias y resultados por encima de las siglas.
De cara al proceso electoral de 2027, esta tendencia no sólo continuará: se profundizará. Las candidaturas ciudadanas dejarán de ser excepción para convertirse en regla, y la competencia ya no será únicamente entre partidos, sino entre niveles de credibilidad, confianza y legitimidad social.
El desafío para los institutos políticos será encontrar un equilibrio entre abrirse a la sociedad y no romper con sus propias estructuras internas. Pero lo que ya no está a debate es el diagnóstico: el modelo tradicional está agotado.
Porque en la política de hoy, quien no entienda que la legitimidad se construye con perfiles, resultados y cercanía con la ciudadanía, no sólo perderá elecciones: perderá sentido.
Y en política, cuando se pierde el sentido, lo que sigue no es la derrota… es la desaparición.
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