Por: Nathalia Vélez Tostado
En pleno siglo XXI (sí, ese donde tenemos inteligencia artificial, viajes en aviones privados y teléfonos que prácticamente piensan por nosotros) resulta casi entrañable ver cómo seguimos resolviendo los conflictos exactamente como hace siglos: con guerras. Solo que ahora, además, las transmitimos en alta definición y las acompañamos con música dramática en redes sociales.
El 2026 ha decidido no decepcionar en ese sentido. Entre las noticias más destacadas está la guerra impulsada por Estados Unidos y Israel contra Irán. Un conflicto que, más allá de sus justificaciones estratégicas, parece sostenerse en esa vieja y cómoda idea de que ciertos países tienen una especie de “licencia moral” para intervenir, corregir y, si es necesario, arrasar… todo en nombre del orden.
El bombardeo en territorio iraní —que terminó con la muerte de su líder supremo— no solo elevó la tensión, sino que dejó lo de siempre: una lista de muertos donde civiles y militares se mezclan sin mucha distinción. Pero claro, eso rara vez es el titular principal.
Irán, por su parte, decidió responder cerrando el estrecho de Ormuz, por donde pasa una quinta parte del petróleo mundial. Una jugada que, en términos simples, equivale a presionar el botón rojo de la economía global. Porque si algo hemos aprendido, es que puedes tocar casi cualquier tema… menos el petróleo.
Y entonces, como por arte de magia, lo que parecía un conflicto lejano empieza a sentirse en cosas muy cercanas: la gasolina, el transporte, los precios. Es decir, la vida cotidiana.
En este contexto, en México, durante la mañanera, la presidenta Claudia Sheinbaum sugirió que, si la gasolina “roja” está cara, siempre se puede optar por una más económica “que carguen Magna”. Una solución que suena bastante razonable… en un universo donde los ingresos crecen al mismo ritmo que los precios, lo cual —pequeño detalle— no está ocurriendo.
Porque ese es el punto incómodo: no es que la crisis no se entienda. Claro que se entiende. Es una guerra internacional, hay bloqueos, hay presión en los mercados. Todo eso tiene lógica. Lo que no termina de convencer es la respuesta. Esa tendencia a reducir problemas complejos a soluciones casi domésticas, como si todo se resolviera con “ajustar un poco”.
Y no es nuevo. Consumir menos, gastar menos, adaptarse más. Curiosamente, el esfuerzo siempre parece venir del mismo lado.
Lo verdaderamente interesante —por no decir preocupante— es cómo se comunica todo esto. Porque más que estrategias claras, lo que suele haber es silencio selectivo. Se informa cuando se pregunta, se responde lo justo y se evita profundizar. Como si mientras menos se diga, menos grave pareciera.
Y aquí viene la pregunta incómoda: ¿qué tienen en común gobiernos como el de Estados Unidos y México?
A primera vista, nada. Uno interviene en conflictos internacionales; el otro enfrenta problemas como desapariciones masivas, bastantes serias. Pero hay un punto de coincidencia bastante claro: ambos parecen confiar demasiado en que la gente eventualmente dejará de poner atención.
Como si bastara con llenar la agenda de temas llamativos —viajes al espacio, anuncios, mundiales de futbol— para que lo importante pase a segundo plano. Como si la memoria colectiva fuera tan corta como para olvidar que, detrás de cada decisión, hay consecuencias muy concretas.
Pero la realidad tiene esa mala costumbre de insistir. Y cada vez lo hace más fuerte.
Porque al final, más allá de discursos, justificaciones o narrativas, lo que queda es un mundo donde las decisiones de unos pocos impactan la vida de millones. Y donde lo mínimo esperable —sin exagerar— no es genialidad política, sino algo mucho más básico: sentido común, transparencia… y tantita seriedad.
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