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Las mañaneras de la presidenta se han vuelto disfuncionales. Nunca han servido para informar ni para que los medios puedan preguntar con libertad el quehacer de las autoridades. Son un grotesco recurso de propaganda, con altas y bajas, pero sin cumplir con las obligaciones de toda autoridad de informar objetivamente, sin juicios de valor, con respeto al particular y la observancia de la presunción de inocencia. Casi todo pasa, menos el apego a la verdad.

La presidenta Sheinbaum, quien hace de las encuestas de aprobación el engañoso espejo de lo bien que va su gobierno, cada vez abusa más de ese espacio público. El engaño ya no sirve porque el público lo advierte; la mentira en el pasado aliviaba, ahora ofende. Cada vez se tienen que eludir respuestas, no porque no se tenga la información, sino porque no se puede decir lo que ya se sabe. El exabrupto presidencial ante el Comité de la ONU en materia de desaparición forzada no guarda precedente, infamia solo superada cuando López Obrador deslizó la posibilidad de que el ataque al periodista Ciro Gómez Leyva pudiera ser un autoatentado.

El jueves 16 de abril prueba que la narrativa gubernamental está en su punto más bajo. La presidenta prestó su espacio para que Don Marcelo respondiera al reportaje del periodista Claudio Ochoa, donde se revela que su hijo vivió en la embajada en pandemia, siendo su padre secretario de Relaciones Exteriores. En lugar de una explicación razonada y serena, acusó de mezquindad al periodista y se desgarró las vestiduras para decir que en esos tiempos él se ocupaba de salvar a los mexicanos con su gestión institucional ante la COVID. Pero el tema no es Marcelo Ebrard, sino la mañanera y cómo genera frentes de disputa y discordia; además, ha dejado de ofrecer al régimen los beneficios del pasado.

Hay que destacar que el deterioro no deviene del evento como tal, sino del abuso, del descuido creciente para conducirse con razonable verdad o, al menos, un poco de prudencia. Solo cuando se aborda al presidente Trump, la presidenta muestra sensatez y, como ella dice, cabeza fría. Pero cada vez es más frecuente mentir sin reserva. El problema para la presidenta es que su exposición pública diaria la deja al descubierto.

Los deslices por acreditar a su partido y desdeñar a sus aliados dañaron gravemente a la coalición con el PT y PVEM. Cada vez es más claro que a ella le preocupa la suerte del régimen, no del país; que su inquietud mayor se asocia a lo que sucede en su partido, como en el caso de su aval a la violación de los tiempos de campaña al instruir a sus subordinados a retirarse de su responsabilidad con más de nueve meses de anticipación al periodo que establece la ley para campañas.

Los resbalones de la mañanera serán cada vez más frecuentes y, todo indica, que no hay manera de suspenderla o modificarla.

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