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Por Nathalia Vélez Tostado

Lo ocurrido en Teotihuacán no es solo una tragedia: es una derrota. Una derrota del Estado, de sus instituciones y de un discurso oficial que, durante años, ha intentado convencernos de que la violencia está contenida, focalizada o “bajo control”. Nada de eso resistió el eco de los disparos que retumbaron en uno de los espacios más simbólicos de México.

Un hombre subió a la Pirámide de la Luna y disparó contra turistas. Así, sin más. Sin obstáculos reales. Sin una intervención preventiva. Sin que el lugar —patrimonio cultural de la humanidad— pudiera ofrecer siquiera la ilusión de seguridad. La escena no solo es brutal; es profundamente humillante para un país que presume su historia milenaria mientras es incapaz de protegerla en el presente.

Aquí es donde la discusión deja de ser criminal y se vuelve política. Porque cuando la violencia alcanza un sitio como Teotihuacán, el mensaje es claro: no hay zonas seguras, solo zonas donde todavía no ha pasado nada. Y eso desmonta uno de los pilares narrativos más repetidos desde el poder: que la estrategia funciona, que la violencia está “acotada”, que los hechos extremos son excepcionales.

No lo son. Son cada vez más simbólicos.

El problema no es únicamente que alguien haya decidido disparar. El problema es que pudo hacerlo. Que tuvo el tiempo, el espacio y las condiciones para ejecutar un ataque con referencias claras a masacres internacionales como la de Masacre de Columbine. Y eso revela algo más incómodo: México no solo enfrenta su propia violencia, también está importando imaginarios de destrucción, amplificados por la descomposición social y la falta de contención institucional.

Pero hay un elemento que duele aún más: la respuesta. Porque después del horror, llega la narrativa oficial. La que intenta encuadrar el hecho como aislado, como imprevisible, como un episodio trágico pero excepcional. Esa narrativa no solo es insuficiente; es peligrosa. Minimizar es otra forma de abandono.

Y mientras tanto, el país se prepara para eventos globales, presume turismo, proyecta estabilidad. Pero Teotihuacán —ese símbolo de grandeza prehispánica— quedó expuesto como lo que hoy somos: un país donde ni siquiera lo sagrado está a salvo. Donde la violencia no pide permiso, solo encuentra el momento.

Este no es un llamado al miedo. Es un reclamo a la honestidad. Porque lo preocupante no es que haya ocurrido un ataque así. Lo verdaderamente alarmante es que, en el fondo, ya no sorprende tanto como debería.

Cuando un país deja de escandalizarse, empieza a rendirse.

Y México no puede darse ese lujo.

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